domingo, 4 de noviembre de 2012

Mi creatividad a los 12 años.

Creatividad a los 12 años.

Como una persona soñadora, jamás en mi infancia pensé que años adelante, añoraría convertirme en Creativo. Soñaba con ser veterinaria, princesa, astronauta, mamá, etc. Pero no hay nada más bello que la imaginación de un niño.

Les comparto este cuento que escribí a los 12 años, como hobbie, como soñadora, como Antonia.


Los sueños de Antonia
En aquel atardecer pálido, húmedo, de aquellos en los que no se escucha nada más que el ruido de los automóviles y las sirenas de las patrullas que pasaban sobre Von Ludwing, una calle muy famosa –que por cierto, muchos, como burla, llamaban el callejón de los malvivientes, ya se imaginarán por qué – se encontraba desconsolada y sin alguna otra cosa que desechar, que no fueran lágrimas, Antonia, una niña de escasos once años. Se encontraba entre las cuatro paredes de su cuarto, un cuarto oscuro y sin nada más que observar que no fuese la sombra del armario en el que tanto le gustaba esconderse, una cama rechinante, o las plastas de gente –como ella les llamaba– al mirar por la ventana; sin nada que escuchar, además de los gritos de Don Gastón, y sin nada que oler, aparte de la desagradable pipa del Tío Gregorio.
            Don Gastón era un hombre de carácter duro hacia las personas, era el patrón de la casa y padrastro de Antonia. Contaba con una persona a quien llamaba su mano derecha: el Tío Gregorio. Ambos, como decía Antonia, formaban la pareja perfecta de ogros, uno alcahuete del otro, y los dos, par de hipócritas que cada vez que podían hablaban tan mal cuanto les era posible de sí mismos.
            Antonia lloraba. Esa tarde la muchacha de la casa, Bertha, le llevó un regalo por haber sacado buenas calificaciones, ese regalo era una revista que anhelaba desde hacía tiempo, que contaba historias fantásticas que sólo los inteligentes podían entender; Antonia, al recibirla, subió a enseñársela a Don Gastón, –¡Mira, mira, lo que me regaló Bertha!, es la revista que tú jamás pudiste comprarme.– Al momento, Don Gastón puso un gesto que jamás se había dibujado en su rostro, y cuando menos se dio cuenta Antonia, se la arrebató, –¡Bertha! ¿Cuántas veces tengo que repetirte que no le regales porquerías a Antonia? ¡¿Cuántas?!– Y sin más ni menos, Bertha, con la cabeza baja, respondió –Sí patrón, dispénseme.– Antonia no esperó ni un segundo más para subir corriendo a su recámara. Al llegar a ella, tras cerrar la puerta puso el seguro y se aventó a su cama llorando como nunca lo había hecho. Pero ¿qué tan importante era esa revista para ella, y por qué Don Gastón la odiaba tanto?
            Dos años atrás, Antonia era una niña feliz, soñadora, que tenía amigos con quienes pasar el tiempo, niñas que invitar a jugar muñecas, y era muy consentida por sus padres, Minerva y Santiago. Ellos tres formaban una familia llena de amor y cariño, diversiones y como en todas, exigencias. Minerva era escritora, de artículos para revistas sobre el planeta, el gobierno, la economía, entre otras cosas; Antonia le preguntó alguna vez por qué no escribía sobre hadas, princesas, seres fantásticos, y Minerva simplemente respondió: Te prometo que escribiré una revista para ti.
Al día siguiente Santiago saldría de viaje de negocios, muy importante, tanto  para él como para Minerva. Esa tarde, Minerva y Antonia salieron a comer juntas, luego fueron a tomar un helado y después al salón de belleza a hacerse un corte de cabello cada una. Al llegar de regreso a la casa, ya de noche, encontraron una nota negra bajo la puerta, que únicamente informaba el accidente del vuelo 633, desgraciadamente en el que viajaba Santiago. Decía que ningún pasajero había sobrevivido. El motivo del accidente, simplemente no se mencionaba.
Tiempo, mucho tiempo tardaron en superar esa tragedia. Fue más difícil para Antonia, ya que sólo era una niña de nueve años.
Minerva padecía de cáncer, esa maldita enfermedad que ataca a quien se le pone enfrente. Antonia lo sabía, pero lo que no sabía era los riesgos que traía el mal trato de la enfermedad, y ella como una pequeña, creía en todo lo que le decía su madre. Minerva vivió con esa enfermedad tres años, desde que Antonia tenía seis hasta que cumplió nueve. Tiempo después de la muerte de Santiago, conoció a un hombre que ella juraba que la amaría por el resto de su vida, su nombre era Gastón, un hombre agresivo, duro y guapo, trabajaba como chofer de una empresa de gran prestigio, la mejor y más grande del país, y de donde era escritora y comunicóloga Minerva; así fue como se conocieron.
Gastón era un hombre ambicioso y al enterarse del accidente de Santiago su objetivo era conquistar, o mejor dicho engañar, a Minerva para quedarse con toda su fortuna. Él sabía que tenía cáncer y aprovechó la situación para manipular a Antonia.
Vivieron juntos dos años. Gastón siempre fingió sus sentimientos con Minerva al igual que con Antonia; les llevaba dulces, flores, las invitaba al cine, a comer, al parque y hacían todo lo que a una familia le gustaría hacer el resto de su vida.
Los días fueron apagándose poco a poco, Minerva empeoraba, Gastón la sedaba con sustancias que no le habían sido recetadas, engañando a Antonia diciéndole que era medicamento para que descansara y durmiera, y que al despertar, se encontraría mucho mejor.
Bertha era la muchacha de la casa, llevaba años trabajando con la familia, era muy limpia, trabajadora, responsable y muy leal para hacer trabajos privados que le ordenaba Minerva, como depósitos de miles de pesos en el banco, mandar cheques a empresarios; y una muchacha honesta, cualidad que demostraba desde el momento en que Minerva le dejaba a cargo su joyero para limpiarlo, o sus zapatos caros, o por qué no, las tantas fragancias finas que le regalaba Santiago.
Una tarde de abril Minerva llamó a Bertha, pidió que subiera a su habitación, y ordenó hablar con ella a solas. Minerva le encomendó un sobre que contenía una carta dirigida a Antonia, una carta que decía: “Antonia, mi vida: eres una niña muy fuerte, me lo demuestras con el simple hecho de abrir esta carta y leerla después de enterarte de mi muerte, éste es un secreto sólo entre tu y yo. ¿Recuerdas la revista que te prometí?, te quise dar la sorpresa, ¡ya la escribí! Saldrá a la venta el mes de junio, no olvides comprarla, está dedicada a ti, pídele a Gastón que te la compre, él es un buen hombre y no te la negará, recuerda que siempre estarás en mi corazón, sé fuerte hija, sólo pasé a una mejor vida, a un nuevo paraíso. Te amo… tu mami.”
Minerva le pidió que por favor se la diera a Antonia después de enterarse de su muerte, ambas rompieron en llanto y con un breve suspiro, Minerva terminó su recorrido de  vida, parecía una mujer dormida, feliz y plena.
Esa tarde, para Bertha, fue la más amarga de todas. Faltaban solo minutos para que Antonia llegara del colegio, no tardaría en enterarse de lo sucedido en su ausencia. El tiempo se le hizo eterno, ya que no sabía cómo darle la noticia a Antonia, cuando de pronto se escuchó: ¡Mamá! ¡mami!, ¡Bertha! ¡Ya llegué! En ese mismo instante bajó Bertha a impedir que subiera, no se le ocurrió otra cosa, lo único que tenía en la mente era “¿Cómo le voy a decir?” hasta que de pronto pensó y dijo: Ann –así era como le llamaban de cariño– Antonia, tengo que darte una noticia, tienes que ser fuerte. Y Antonia asustada contestó: Pero ¿qué es lo que pasa, Bertha? me estás asustando. Bertha con lágrimas en los ojos solamente le dijo –Tu madre, acaba de morir.– Antonia gritó: ¿Qué? ¡Tengo que verla! ¿En dónde está? Subió corriendo a la habitación de su madre y al verla acostada se tiró a llorar sobre sus brazos suplicándole que regresara. Minerva tenía una sonrisa en su rostro, lo que le demostró a Antonia que se había ido feliz y sin sufrimiento alguno. Antonia comenzó a tranquilizarse, y tras un momento, Bertha se dio cuenta de que debía cumplir la última voluntad de Minerva: entregarle la carta.
–Ann, tu mamá me pidió que te diera algo.
–¿Cómo? ¿hablaste con ella? ¿Qué te dijo? ¡Bertha dime ya por favor!
–Tu mamá me pidió que te diera esto.
–¿Una carta? ¿Para mí?
Antonia rompió el sobre desesperada, era una niña muy inteligente, sabía leer perfectamente, y poco a poco, la enfermedad de su mamá la fue haciendo más fuerte. La abrió y comenzó a leerla detenidamente. Al término de unos instantes comenzó a llorar, su rostro reflejaba un gesto de desesperación, otro de tristeza, de angustia, otro de preocupación, pero sin embargo, en él también se reflejaba uno de alegría.
En ese momento, Antonia se prometió a sí misma y también a Bertha que conseguiría esa revista, ¡así fuera lo último que hiciera en la vida!
Así pasaron las cosas. Gastón, que ahora se había convertido en el patrón, pedía que lo trataran con respeto, que le llamaran Don Gastón. Su mejor amigo se llamaba Gregorio, a quien integró a la familia, y ordenaba también que lo llamara Tío. Antonia le pidió durante meses la revista, jamás le dijo de lo que se trataba, ni mucho menos quién la había escrito, aunque en verdad Gastón jamás le preguntó eso. ¡Ella sólo es una escuincla! –decía.
Días después, llegó la entrega de boletas del colegio, sacó muy buenas notas y la colocaron en el cuadro de honor. Gastón sólo se ocupaba de firmarla para asegurar su estancia en el mismo, pero jamás le importaba si acreditaba o no las materias.
Esa tarde, llegó Bertha con la revista, como premio por sus calificaciones, que por cierto terminó haciéndola pedazos Don Gastón.
Tras un rato de haber llorado Antonia, se levantó de su cama, y con decisión entró al baño a lavarse la cara, al terminar, se miró en el espejo y se dijo a sí misma –¡Te prometo que todos tus sueños se cumplirán algún día!- y así durmió esa noche.
El día siguiente era sábado, día que saldría a desayunar con Don Gastón y con el Tío Gregorio, como ya era costumbre. A Antonia le molestaba mucho que el tío fumara su pipa, ya que había ocasiones que le echaba el humo a propósito.
Esa mañana entró Bertha al cuarto de Antonia, y con un tenue empujón le dijo: Buenos días princesa, ¡despierta ya! tu padre te está esperando para pasar por el tío e irse a desayunar, y Antonia despertándose y con un confortable estirón sobre su cama respondió:         Bertha, ¿cuántas veces te tengo que decir que no digas que es mi padre? ¡Yo sólo tuve un padre! y su nombre era Santiago, ¡Santiago! Bertha, es un insulto para la vida que Gastón exista en ella –dijo con mucho desprecio y con un gesto de coraje que le duró mínimo un minuto.
Al poco rato entró al baño para echarse un regaderazo, al salir, abrió uno de los cajones de su buró, donde tenía una cajita, que Minerva usaba como joyero, sólo que Antonia no tenía joyas, sino los ahorritos que fue reuniendo poco a poco con sus diez pesos que le daban para comer en el colegio. Esas monedas las recolectaba, como ella le llamaba, desde aquel día que leyó la carta de su madre, y logró recolectar cien pesos.
–¡Antonia! ¡Antonia! –gritaba Don Gastón– ¡Se nos hace tarde para llegar con tu tío! – Y Antonia sólo respondió con un grito: ¡Ya voy! ¡No tardo!
En unos minutos Antonia bajó a la puerta con el bolsillo de su pantalón lleno de monedas de diez pesos.
Salieron de la casa y tomaron un taxi que los llevaría hasta la casa de Gregorio. En el camino sucedió algo extraño: Antonia vio un grupo de niñas vestidas como bailarinas. Ellas le sonrieron al verla pasar en el auto; rato después vio un niño paseando a su perro, uno de esos grandes que sobrepasan tu altura cuando se ponen de pie. Pero todo eso tenía algo de especial, ¡ésos eran sueños de Antonia!, ella siempre soñó con ser bailarina, pero Gastón jamás le quiso pagar una escuela de ballet, y siempre quiso una mascota, pero especialmente un perro grande, con el que pudiese jugar a la hora que quisiese.
Entonces recordó a su mamá, y la revista que ella había escrito, recordó haber visto la portada en el breve instante que pudo tenerla en sus manos, el título era “Los Sueños Fantásticos de una Princesa”, y entonces Antonia se preguntó: ¿Qué contendrá la revista? ¿Qué habrá escrito mi mamá? Todas esas preguntas hicieron que se le espantara el hambre, sólo calló y no mencionó nada de lo sucedido. Su corazón estaba agitado.
Al llegar a casa de Gregorio, bajó del auto a tomar un poco de aire mientras lo esperaban y luego se dirigieron hacia La Huerta, un restaurante que le encantaba a Don Gastón y al cual iba cada fin de semana. Antonia como cada sábado ya sabía a donde irían.
Antonia no quiso comer, rechazó los platos que le pusieron en frente, su pretexto fue: me siento mal, me duele la panza. Don Gastón furioso le respondió: ¡Pues ahora no comes en todo el día! Antonia comenzó a llorar, pero al pensar en su madre, todo lo malo se fue y le brotó un gesto de astucia.
Al terminar de comer Gastón y Gregorio, se levantaron de la mesa y se acercaron a la ventanilla donde debían pagar la cuenta, como siempre, haciéndose bolas por ver cómo se dividirían el monto. Antonia recordó que a una calle del restaurante había una señora vendiendo en un puesto de periódicos. Ella trataba de pensar rápidamente en un plan y aprovechando la situación en la que se encontraba Gastón le dijo: Voy al baño. Él no le hizo caso y Antonia nuevamente intentó: ¡Que voy al baño! Gastón sólo contestó: Date prisa, y siguió peleando con Gregorio.
Antonia cuidadosamente y casi caminando de puntitas, se aproximó a la puerta principal, y al ver que nadie se había dado cuenta de su maniobra, salió corriendo rumbo al puesto de periódicos, al llegar a él, le dijo a la señora: ¡Buenos días señora!, estoy buscando la revista “Los Sueños Fantásticos de una Princesa” ¿la tiene? La señora, viendo la cara de entusiasmo de Antonia con gran tristeza contestó: Lo siento niña, la última que quedaba se la llevaron hace un momento, si hubieses llegado antes… Antonia se puso muy triste y se sentó en la banquetita que se encontraba a un lado del puesto. Tan mal se sentía que ya no quería regresar con Don Gastón al restaurante. Pensaba: Ni les va a importar, pensarán que ya me fui a casa; es más, ni cuenta se van a dar. Y se quedó sentada por largo rato.
Poco tiempo después escuchó sonar una armónica, uno de esos instrumentos que al soplar crean bellos sonidos, y al voltear hacia el lugar de donde venía la música, vio a uno de esos hombres que viven en la calle, con ropas rotas, con la cara sucia, con zapatos rotos y viejos y que se pasan todo el tiempo pidiendo dinero para tener con qué vivir. Antonia no había tenido oportunidad de conocer a una persona así, ya que nunca salía, y cuando salía era de la casa al colegio y de regreso; y a desayunar cada sábado.
Se acercó cuidadosamente a donde se encontraba el señor, de unos cuarenta y cinco años, sacó una moneda de su bolsillo y la aventó al gorrito que tenía en el piso para obtener dinero por su música. El señor al ver que Antonia arrojó diez pesos, que para él era ya una fortuna, paró de tocar su instrumento y volteó a verla, ella se espantó y se alejó un poco. Él le dijo: No te espantes, sólo quiero darte las gracias, jamás una persona me había dado una moneda de diez pesos. Antonia se acercó, se sentó a un lado del señor y le preguntó: ¿Y usted por qué pide dinero? El señor simplemente sonrió. –¿De qué se ríe?, ¿dije algo chistoso?– El hombre sonrió una vez más y contestó: Sonrío porque me recuerdas a mi hija, tiene más o menos tu edad, la verdad es que ya no recuerdo. Antonia se quedó pensando como si tuviese miles de dudas en la cabeza y preguntó al señor: Oiga, ¿y usted sabe en dónde puedo encontrar otro puesto de periódicos?, necesito comprar una revista, pregunté en éste pero ya se le acabaron a la señora. El señor respondió: ¿Revista? ¿Sabes leer?, a mí me encantaría saber, hace un rato compré una revista para mi hija, pero la compré por los dibujos, y la verdad es que no sé ni qué dice. Antonia amablemente le propuso: Si quiere yo se la puedo leer ahorita, para que mínimo sepa qué le va a dar a su hija. Y con una sonrisa dibujada en su rostro contestó: ¿Harías eso por mí? ¡Gracias! Y rápidamente sacó la revista, que se encontraba en un morralito viejo de estambre. Antonia se asombró al ver que la revista que sacó el señor era la misma que escribió su mamá, la que estaba buscando. Ella se puso a llorar y el señor le preguntó: ¿Por qué lloras niña linda? De repente te pusiste triste, ¿qué pasa? Con lágrimas en los ojos ella respondió: La revista que tiene usted es la que he estado buscando, esa revista la escribió mi mamá, falleció hace dos meses. El señor amablemente le dijo: ¡Toma! –entregándole la revista.- No, gracias, désela a su hija, me imagino que va a ser una lindo detalle para ella. Pero el hombre insistió:
–¡Ten, te la regalo!, es como agradecimiento.
–¿Agradecimiento? pero ¿por qué?
–Porque jamás alguien me había tratado con tanta amabilidad, respeto y confianza como lo has hecho tú. ¡Toma! Es tuya.
En la cara de Antonia de reflejó un gesto de alegría y siguió llorando, pero ya no lágrimas de dolor, sino de felicidad, y tan grande fue que sacó todas las monedas de su bolsillo y las echó al gorrito del señor. Éste, sorprendido, se levantó y comenzó a brincar de felicidad. Antonia le dio las gracias con una gran sonrisa y se fue corriendo. El señor de tan contento que estaba comenzó a llorar y se dirigió hacia el puesto de tortas que se encontraba por ahí.
Pero ¿qué fue de Don Gastón? Antonia tenía la revista en sus manos, corrió hacia el restaurante a ver si aun se encontraban ahí, pues no habían pasado más de quince minutos y gran sorpresa se llevó al ver que seguían peleando ambos hombres, ya hasta se habían sentado para negociar. Antonia al verlos simplemente les dijo: Ya regresé ¿ya nos vamos? Poco tardaron Don Gastón y Gregorio, finalmente pagó la cuenta Gregorio y salieron camino a casa. Ni Don Gastón ni el Tío Gregorio se percataron del tiempo que tardó Antonia supuestamente en el baño.
Llegaron a casa y Antonia subió corriendo a su cuarto, puso el seguro y felizmente se recostó en su cama a leer su revista; la abrió cuidadosamente, el ritmo de los latidos de su corazón se aceleraba conforme pasaba las páginas, era como un  tamborileo en su pecho. Al pasar a la página número 11, que curiosamente era su edad, vio dibujos de estrellas, bailarinas, hadas, ángeles, etcétera, pero lo que le llamó la atención fue que había una silueta dibujada en la página, no se podía explicar para qué era, era la silueta de una bailarina. Al pasar a la siguiente página, se dio cuenta de que se repetía el número 11, y ahí se encontraba otra silueta, ésta sujetaba una larga correa que sostenía a un perro grande, pasó a la siguiente página y una vez más se repetía el número 11 en la parte inferior de la página, y ahí había una silueta más, pero ésta era aún más grande que las anteriores, ya que eran como tres cuerpos.
Antonia no se podía explicar eso. Se preguntaba: ¿Por qué mi mamá habrá dibujado esas siluetas? ¿Tendré que pegar algo? ¿Alguna foto? Antonia siguió pasando las páginas de la revista, ya la numeración era la correcta. La revista, como su mamá le había prometido, contenía historias fantásticas, de hadas, duendes y dragones, donde el personaje principal de todas las historias se llamaba Antonia. En unas era princesa, en otras una tierna campesina, en otras una heroína, y en muchas otras más una hermosa niña que vivía feliz con su familia.
            Por la emoción brotaron lágrimas de sus ojos, y al pasar a la última página de la revista se asombró aun más, ya que en el centro de ésta se encontraba un cuadro de papel reflejante, como si simulara un espejo mágico. Al caer en él una lágrima de Antonia, mostró un brillo asombroso, tal fue su destello que hizo que Antonia cerrara los ojos… tras unos momentos, Antonia desapareció. La revista solamente se cerró y quedó sobre la cama.
            Horas después, Bertha fue a llamar a Antonia: ¡Ann! ya es hora de comer. Al no recibir respuesta Bertha trató de abrir la puerta, pero Antonia había puesto el pasador. Bertha, desesperada, comenzó a gritar: ¡Antonia, abre la puerta, Antonia! Comenzó a forzar la puerta hasta que pudo abrir. Al entrar al cuarto, no había nadie, sólo se veía la revista sobre la cama.
            Bertha se acercó y la comenzó a hojear. Se dio cuenta de que era la misma revista que ella le había regalado, al llegar a la página 11 Bertha se asombró de tal manera que dejó caer la revista; en ella se encontraba Antonia vestida de bailarina, al darse cuenta Bertha, tomó nuevamente la revista y siguió pasando las hojas. Al pasar a la siguiente página, estaba una vez más, pero ahora tomando la correa de un gran perro, como el que tanto soñó, y al pasar a la siguiente, a la tercera con el número 11, estaba la foto de Santiago, Antonia y Minerva, abrazados y con una gran sonrisa. Antonia se veía feliz, al ver que todos sus sueños finalmente se habían cumplido.

Al sacarlo de mis archivos más viejos y releerlo para compartirlo con ustedes, recordé lo bello que es volar
Espero sus comentarios! 

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